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Los padres tienen el papel esencial de educar a sus hijos

Los padres tienen la función esencial de educar a sus hijos.


Esa tarde espléndida de agosto en Barcelona una familia joven camina placenteramente, acompañada por multitud de personas de diferentes culturas y religiones, alegres, felices, disfrutando del paseo entre aromas de flores y con la vista relajante del mar.

En un momento casi todo queda destruido. Caen heridos la madre y su bebé. El padre conduce el carrito del mayor, de 3 años y viendo venir el monstruo, protege a su hijo. Se interpone entre él y la furgoneta asesina. Salva a su hijo perdiendo él su propia vida. 

Esta trágica tarde y noche hubo muchas más víctimas. Nuestro más sentido pésame para todas ellas y sus familiares.

Personas de diferentes nacionalidades y con distintas creencias también acerca de la religión y de lo que significa el bien vivir. 

Nuestra sociedad en conjunto es la que pierde con estos sucesos. 

Este padre joven, amaba la vida, la suya y la de su familia. No dudó en perderla para proteger a su hijo.

En radical oposición a esta forma de hacer, de pensar y de sentir encontramos aquellas familias que no protegen lo más mínimo a sus hijos, ni siquiera en aquello que es vital. Les educan sin amor y sin valores. No les conceden la dedicación, el tiempo y el cariño que todo hijo precisa para sentirse amado y realizado como persona. 

Aunque al leer esto, al principio, es posible que cueste entenderlo, si se piensa dos minutos sobre ello se puede comprender que los jóvenes terroristas fallecidos en Cambrils también son víctimas.

Ellos también han entregado su vida pero para la destrucción. Habían caído bajo la influencia y seducción de aquellos perversos desequilibrados que les engañaron con la promesa de conseguir una vida infinita de placeres y beneficios “divinos” a cambio de entregar, en nombre de Alá, su propia vida “terrenal” bajo la macabra condición para obtenerlo de que su muerte provocara el mayor número de destrucción y víctimas posible.

Sin embargo, son a su vez, víctimas, porque en sus cortos años vividos, casi eran niños, no se han sentido queridos ni escuchados por sus padres de los que es muy probable no hayan recibido el respeto, la confianza y el amor que son imprescindibles para que todo ser humano se valore a sí mismo. Por eso aceptaronn que otro desalmado sin escrúpulos les convenciera de que su vida “terrenal” no valía nada y que lo verdaderamente valioso se encontraba en el “Paraíso” a conseguir.

Un niño/a que recibe amor y comprensión a diario, en su entorno familiar, sobretodo de su madre, es mucho más difícil que se radicalice y sea manipulado por un perverso, ya sea un imán o de otra condición.

Sabemos que no es nada fácil ser padres y educar a los hijos sin caer en la equivocación. Pero todo error es posible de subsanar cuando hay voluntad de hacerlo. Hace falta para ello esfuerzo y dedicarle con paciencia el tiempo necesario.

Educar a un hijo con amor supone renunciar a muchas cosas y tener también la disposición de aceptarse a uno mismo como ser imperfecto, lleno de dudas y contradicciones. Sólo así será posible aceptar con la tranquilidad y sosiego necesarios, con cariño, todos aquellos retos que cada hijo/a va planteando a sus padres a lo largo de su crecimiento.

Es necesario amarse a uno mismo, aceptarse y amar también al otro.

Aquellos padres que no disfrutan de su propia existencia y culpan de ello a sus responsabilidades familiares, están induciendo, muy posiblemente sin ser conscientes de ello, a que sus hijos/as se conviertan en víctimas de otros perversos. Cuando los jóvenes no se sienten queridos ni valorados por sus padres se convierten en presas fáciles de aquellos desalmados que sólo viven para el odio y la destrucción pero que, a la vez, son también expertos en captar a estos jóvenes despistados con hipócritas adulaciones y falsas promesas, integrándoles en sus sectas de extremismo radical.

Estos hijos indefensos estarán más propensos a caer así bajo las influencia de imanes favorables al ISIS. Si son hijas, harán pareja con hombres seductores que son, a la vez lobos con piel de cordero, radicales islamistas. Al convivir con ellos se convertirán, en un futuro, en madres que darán a luz a nuevos terroristas.

Serán víctimas de diferente grado, pero víctimas también como todas las personas heridas y fallecidas en cualquier atentado que sólo deseaban vivir en paz y equilibrio entre las diferentes culturas y religiones que existen en nuestro planeta Tierra.

Los padres de los terroristas de Cambrils no han sido capaces de comunicarse con sus hijos para conocerles y criarles en un entorno placentero, seguro, de amor y gratitud hacia la vida. 

En el lado opuesto vemos a este padre que, en Barcelona, ha salvado a su hijo de la muerte. Ha dado su vida por amor, no por odio, o venganza. Él ha podido hacerlo porque anteriormente también ha recibido amor y al sentirlo ha quedado en disposición de darlo.

Es por el hecho de valorar esa vida “terrenal” que poseía y disfrutaba hasta ese terrible momento en que se la arrebataron, que es capaz, en ese instante, de proteger a su hijo y, en el más incondicional acto de amor, entregar su valiosa vida. Pero esa entrega no es en nombre de ningún ideal fanático ni para destruir sino para hacer posible que otra vida continúe. Para que otro ser humano al que ama, su hijo, tenga quizá la posibilidad de vivir y disfrutar como él lo ha hecho.

Ésta es la gran diferencia con cualquier fundamentalismo. 

El hecho de valorar la propia vida y la de cada ser humano como el mayor tesoro que podemos recibir.  

Nuestro sincero homenaje para este “padre de altura”.

Más allá de cualquier creencia religiosa está el ejemplo de lo que este joven padre ha hecho en favor de su hijo.

No hay mayor acto de valentía y amor posible.

Nos muestra lo que significa sentir amor hacia otro. 

Esto es el amor. Dar sin esperar nada a cambio.