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Blog dirigido a las personas que desean disfrutar de una vida feliz. Me gustaría escucharte y ayudarte a solucionar tu malestar.

Betty Garma, psicoanalista argentina, nos muestra su manera de trabajar con un niño en su consulta y vemos paso a paso cómo la terapia le ayudó a superar sus temores, permitiéndole comenzar a disfrutar una primera infancia que le había sido negada hasta ese momento y, abriendo la posibilidad de seguir un desarrollo normal en su vida.

Betty Garma. Caso Héctor. Niño de ocho años

Betty Garma. Biografía.

Elizabeth Goode de Garma, en adelante Betty Garma, nace el 3 de febrero de 1918 en Paysandú, Uruguay. En 1921, se muda su familia a Inglaterra y es estando en la pubertad que regresa a Argentina. 

En una entrevista realizada en 2001, destaca la labor de difusión del teatro realizada por su padre en Inglaterra, y dice: “Me conectaba con mi padre a través del teatro. Hice mi Edipo a través del teatro y el canto, es muy importante eso”. Así, Betty, hacia finales de la década del 30, tenía un programa en Radio Excelsior, y cantaba en radio El mundo y Radio Nacional, además de actuar en teatros de Buenos Aires y escribir en algunas ocasiones sketchs musicales humorísticos. 

Siguiendo el consejo de Nora Rascovsky y Carlos Mario Aslan, alumnos a los que daba clase de inglés, inicia su formación psicoanalítica y a partir de 1942, se analiza con Marie Glass de Langer. Su vocación artística la acercó en 1944, a trabajar con Arminda Aberastury, esposa de Pichón Rivière, corrigiendo la traducción que Arminda había realizado del libro de Melanie Klein El psicoanálisis de Niños. Conoce a Ángel Garma, cuando traduce algunos de sus trabajos y se casa con él dos veces, en México, al finalizar la Segunda Guerra Mundial y en Buenos Aires, en 1952, cuando Perón permitió el divorcio.

En 1945, inicia trabajos de investigación con Arminda Aberastury sobre el desarrollo temprano del psicoanálisis de niños y en 1947, se decide a analizar niños utilizando diferentes medios de expresión, no siempre de tipo verbal.

En 1949 acude, acompañando a Ángel Garma, al Primer congreso de psicoanálisis que se realiza en Zurich donde conoce personalmente, a Anna Freud y Melanie Klein, quien al enterarse de su trabajo con un niño de 21 meses la invita a trabajar en su grupo. Su herencia inglesa y haber pasado su niñez en ese país posibilitó una relación empática con Melanie Klein y su grupo.

Es en 1953 cuando Betty viaja con Ángel Garma a Europa por tres meses. En este tiempo, revisa junto a Melanie Klein su trabajo referente al análisis de “Pedrito” el niño de 21 meses, dicta una conferencia en Roma sobre aspectos técnicos, y presenta en Londres diariamente durante más de un mes, casos clínicos y problemas de la teoría y enseñanza psicoanalítica a Klein y su grupo. 

Continúa con su labor y dos años después de la muerte de Arminda Aberastury, funda en Argentina el Departamento de Psicoanálisis de Niños y Adolescentes “Arminda Aberastury” de la APA, siendo la promotora del primer programa de estudios para acceder al título de “analista de niños. 

En 1989, Betty y su esposo, Ángel Garma, son recibidos en Madrid, en audiencia especial por Su Majestad el Rey de España, quien les concede la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil. Fallece en febrero de 2003 en Buenos Aires.

 

Betty Garma. Teoría y técnica.

Considerada en Argentina, pionera en el trabajo con niños, junto a Arminda Aberastury pues contribuyó a que la idea freudiana del niño como sujeto sexuado, inicialmente resistida, se instalara con fuerza, desde finales de la década de los 60, en el imaginario social del país. 

Se le reconocen tres desarrollos innovadores:

  • Trabajar con un niño muy pequeño, Pedrito, de 21 meses. 
  • Realizar el primer tratamiento pre-quirúrgico en el mundo, al interpretar a dos niños sus fantasías inconscientes, generadas a partir de la indicación quirúrgica y
  • Comenzar a trabajar con el primer grupo de madres de Argentina en la sede de la APA, en la calle Juncal.

Antes de iniciar su práctica con el niño mantenía entrevistas exhaustivas con los padres, indagando las “vicisitudes del desarrollo del niño, el modo de vida cotidiana y su inserción en la familia” para captar lo que denominaba la actitud inconsciente de la madre que debe ser incluida en el análisis del niño, pero no debe serle interpretada a la madre. Se trata más bien de “comprenderla” y aceptarla como parte de la transferencia. 

Entre la función del analista y la de los padres existe una clara diferencia. Los padres tratan con el mundo exterior del niño y el analista con su mundo interno. El analista, al manejar la transferencia, debe resistir la tentación de ser inconscientemente llevado a una actitud maternal o paterna. 

Betty Garma no realiza ningún tipo de aclaración sexual en el análisis, pues lo considera contraindicado. Se opone a la posición de Anna Freud en cuanto al doble lugar del analista como pedagogo y terapeuta, indicando: “Las aclaraciones son terreno de los padres, el analista no es pedagogo”. Trató de romper de un modo fuerte el tabú de la sexualidad. Oralidad, analidad y genitalidad  son las materias claves de su clínica. Su actividad se basa en el juego por el que mediante múltiples dramatizaciones los niños escenifican sus teorías sexuales infantiles y en su interpretación permanente y directa del hacer del niño en relación con la escena primaria, Complejo de Edipo y transferencia.

En sus sesiones repite un circuito basado en 3 momentos:

  • Primero, recepción cálida y afectuosa;
  • Segundo, disposición a poner en juego la conflictiva del niño (Betty participaba activamente, incorporándose al juego al mismo tiempo que realiza una lectura de la fantasía o conflicto que el niño/a expresa) y
  • Tercero, interpretación formulada de modo claro y sencillo en un lenguaje comprensible para el niño. Plantea la necesidad de “interpretar de acuerdo al nivel en que se presenta el material” y “en cuanto se capte la exteriorización de la angustia en conexión con un contenido” interpretación que debe ser concreta y en consonancia con el modo de hablar y pensar del niño. Para evitar que el niño ponga al analista en el lugar del adulto que lo observa y vigila, éste debe, incluso con su actitud, reflejar la actitud del niño, por ejemplo, tirarse al suelo con él, ponerse a su altura, para “cumplir una misión de espejo en el cual pueda reflejarse”. El efecto certero de la interpretación se verá a través de la risa, la alegría o el cambio brusco de juego por parte del paciente. “... cuanto más pueda el analista aproximarse al nivel del niño, menos angustioso será para el pequeño”.

 

Resumen del “Caso Héctor. Niño de ocho años”

El caso Héctor, redactado por Elizabeth Garma, se encuentra en el capítulo XVII “La interpretación en el psicoanálisis del niño” del libro de Ángel Garma “El psicoanálisis, Teoría, clínica y técnica". 

Se refiere a un niño de 8 años cuya represión intensa de la masturbación en sí y de las fantasías masturbatorias, trajo como consecuencia trastornos de carácter y serias inhibiciones de la capacidad de sublimación. 

Héctor es descrito por su madre como un niño distraído, raro, que no se deja tocar ni acariciar por nadie, no juega ni se interesa por otros niños y toma como tragedia cualquier reproche o mal que se le hace. Se irrita con facilidad y contesta mal a las personas de su ambiente. La rabia, cuando le contrarían, es la única reacción afectiva que tiene. La madre nota un decaimiento mental y físico en el niño y acude a la consulta. 

Betty, indica que la neurosis de Héctor en gran parte, está condicionada por su sometimiento masoquista al medio singular en que vive. Familia integrada por:

La madre, muy fría y poco demostrativa de cariño que ha tratado de criarle científicamente, procurando hacerle independiente. No quiere que sus hijos se peguen a ella, ni que le tengan un gran cariño como madre. Dice a Betty que sus hijos tienen que aprender a defenderse para cuando ella, la única persona joven en la casa, se muera. Recuerda amargamente el desamparo e incapacidad que experimentó cuando falleció su padre. Está preocupada por el carácter nervioso de su hijo, pues toda la familia de su marido es muy cerrada y "rara". 

El padre, bastante mayor que la madre, vive como desgracia que su hijo se psicoanalice. Trabajador y muy huraño, sin relación con sus hijos; sólo está un rato con Héctor mientras éste hace sus deberes. No le interesa la vida social ni tiene amigos. Héctor le describe como "siempre ocupado y a cada rato toma aspirina". 

Abuela materna, sumamente inhibida y severa, se encarga de cuidar a Héctor. Le acompaña a todos lados, pues no le permiten ir sólo a la calle, le ayuda a vestirse, cocina para él personalmente y duerme con él, en la misma cama desde los dos años y medio. 

Hasta el año en que inició su análisis, cuando fue llevado a un colegio de varones, la escolaridad de Héctor fue siempre en colegios de niñas y sumamente irregular debido a los espasmos laríngeos que padecía. Le ponían bragas y blusa, en vez de calzoncillos y camisa.

 

Sucesos importantes en la vida de Héctor

Dos años y medio: extirpación de amígdalas debido a dificultad de respirar. Al mes empezó a sufrir espasmos laríngeos y un "falso crup" que duró quince días y cuyos accesos culminaban en un vómito a media noche. Desde el primer acceso de crup le pasan a dormir a la cama de la abuela, donde seguía al comenzar el análisis. La abuela era la que le atendía en la enfermedad. En esta época el niño tendía a deglutir la comida en vez de masticarla. Se niega a comer carne con nervios y la escupe. 

  • Tres años: aparecen los tics, primero en boca y luego en ojos. El embarazo fue malo, con muchos vómitos, nació con fórceps y la lactancia fue artificial. 
  • Cinco años: nace un hermanito. 
  • Seis años: es reoperado de garganta al persistir sus dificultades respiratorias, después, la abuela le lleva a pasar varios meses en el campo.
  • Siete años: la maestra le llama la atención por llevarse la mano a los genitales, y cuando este incidente le fue comunicado a la madre, le fue reiterada la prohibición de tocarse. Esto, dice Betty, debió haber sido experimentado por el niño como una verdadera injusticia, ya que por otro lado vivía en una sobreestimualción constante debido al colecho con la abuela. Al mismo tiempo el sentimiento de culpa, debido al colecho, llevaba a una represión exagerada de sus instintos libidinales. Sin embargo, la prohibición real en sí no hubiese actuado traumáticamente en Héctor si él hubiese podido sublimar sus impulsos eróticos en alguna actividad sustitutiva, pero el ambiente de personas viejas y serias que se asustaban de todo y constantemente sobreprotegían al niño, inhibía toda tentativa de sublimación. 

No se invitaban niños a la casa, porque podrían hacer ruidos molestos, ni permitían que Héctor se relacionase con niños del vecindario. (Por otro lado tampoco él era capaz de hacerlo). Tenía juguetes muy bonitos, como trenes, pelotas, mecanos, baleros, soldados, pistolas, etcétera, pero estaban guardados, por temor a que él los estropease o que se dañase con ellos. No favorecían mucho la lectura, porque el niño tenía una tendencia a mecerse cuando estaba en una silla, y esto le resultaba intolerable a la madre. En esto último el niño percibía otra prohibición más de masturbación. 

Para Héctor, dice Betty, la prohibición más desesperante fue la severidad e intolerancia de su ambiente apoyándose, por supuesto, en la prohibición directa de la maestra y la madre, y anteriormente en las dos operaciones de garganta a los dos años y medio y a los seis, que debió vivir como castración. Su reflejo es la inhibición subsiguiente de la agresión oral digestiva, en forma de no permitirse masticar la comida, síntoma que persistía a los 8 años. Repetía la castración, ahogándose no sólo en la comida, que a menudo vomitaba o escupía, sino también con los espasmos laríngeos. Este autocastigo persistente por su agresión oral digestiva contribuye también a las prohibiciones internas de su instintividad libidinal. 

Al comenzar el análisis Héctor parece un niño modelo, muy prolijo y siempre bien peinado. Se conduce y razona más como un adulto pequeño que como un niño. Despide a su madre fácilmente y carente de afecto, pero se le nota angustiadísimo y esforzándose por superar la situación. Se sienta en el diván y repite obsesivamente que no se le ocurre hacer ni decir nada. 

Únicamente cuando Betty le indica que no tiene obligación de hacer nada, se tranquiliza lo suficiente para dibujar, hacer una bola de plastilina en la que "no se puede notar ni una unión" (ambas actividades muestran la severa represión típica de la latencia) y se interesa por los revólveres y pistolas que se convertirán en uno de sus símbolos favoritos ya que al utilizarlos Héctor halló no solamente el primer sustituto de la masturbación permitido, sino que se encontró por primera vez en un ambiente que le toleraba su instintividad. 

Un juego consiste en cargar el rifle con un balín y un flechín, primero el balín, porque si no "daría contra la cosa peluda del flechín", seguramente dice Betty, una alusión a la excitación que le produce dormir con la abuela y el conocimiento, aunque reprimido, del vello genital. Confirmaba esta excitación, y el subsiguiente deseo de masturbación, un chiste que él encontraba graciosísimo y contaba durante ese juego con el rifle. Decía: ¿Cómo hace el buzo en el fondo del mar para rascarse la cabeza cuando le pica? Al preguntarle Betty cómo hace él cuando le pica algo y no puede rascarlo, contesta que siempre se podría hacer a escondidas.

La calidez, tolerancia y manejo de la transferencia por parte de Betty, positiva y negativa en ocasiones, conduce a que después de 60 sesiones Héctor pueda expresar su idea angustiosa de que sus padres se dan cuenta mágicamente de todo lo que hace. Ella le explica entonces cómo las imágenes internalizadas que él ha concebido de ellos, forman su Superyó que le persigue, prohibiéndole y culpándole. Le alivia esta interpretación y el juego que le sigue de echar a patadas un almohadón que representaba su Superyó. 

Puede contar cómo en el colegio no tiene amigos y no juega en los recreos, limitándose a mirar a los otros y empieza a adoptar una actitud distinta frente a los compañeros. Se defiende dando una bofetada a un niño pero se angustia y provoca a la analista disparando a las paredes hasta hacer agujeros para ver si realmente tolera su hostilidad. Betty no reacciona negativamente a esto, y así Héctor se siente impulsado a reparar el daño que ha hecho -rellena con arena y tapa con cinta adhesiva los agujeros en las paredes- y mantiene una actividad más positiva no sólo en el colegio, sino en sus juegos en el análisis. Empieza a interesarse por los cochecitos y la pelota, y por primera vez surge el tema de su deseo de ir solo por la calle.

Un día inventa la forma de enviar "mensajes secretos con escritura secreta", y mostrándose dispuesto a contar un secreto suyo, escribe una serie de letras en un cuaderno; las primeras dicen LOCACAMA y las demás no tienen sentido. Contestando a Betty, le dice que debe ser una cama loca, que hace caer al durmiente al suelo, a medianoche. Héctor se ruboriza súbitamente, tacha lo escrito, arranca y dobla la hoja, sellándola con un trozo de cinta adhesiva. Enseguida hace chorros largos con la pistola de agua, tirando al techo encima de ella para mojarla, se hace una herida fingida en la mano con tinta roja que se lava antes de irse, para que los padres no se enteren de lo que hace en las sesiones y finalmente va a orinar. 

Interpreta Betty: La "cama loca" es el peligro que significa para Héctor el colecho, debido al estímulo que excita sus impulsos sádico-uretrales y su deseo de masturbarse, que podrían llevarle a sufrir una herida, es decir, la castración. Por lo tanto, debe ser fuertemente reprimido (tachado y sellado) y la única gratificación que se permite es orinar. Hablar de ello en sesión le disminuyó su angustia y sentimiento de culpa y le dio fuerzas para plantear en su casa su deseo de tener un dormitorio propio, además del derecho de disponer de algún dinero, como quisiera, y de tener un cajón secreto y con llave. 

Se empieza a interesar por los equipos de fútbol, y expresa su deseo de decir ocurrencias como los otros chicos. Está emocionado por haber descubierto todo un panorama de delicias infantiles, prohibido y desconocido para él hasta entonces, ya que la prohibición de la masturbación había llegado a afectar todo este campo. Betty explica el importante significado de liberación instintiva, contenido en este nuevo paso de Héctor que trajo consigo, como consecuencia directa, que se permitiese satisfacer su curiosidad sexual, también severamente reprimida, con la situación conflictual de estar rodeado de mujeres grandes y de compartir la cama con una de ellas. 

Cuatro juegos precedieron la aclaración sexual que, como es típico de la latencia, giró mayormente alrededor del tema de las diferencias de sexo y el origen de los niños. El primer indicio de su curiosidad acerca de la diferencia genital entre el varón y la mujer fue su observación acerca de los proyectiles que usaba en el rifle. Dijo que "siempre había creído que el balín era igual que el flechín, sólo que uno era más largo". Al mismo tiempo hacía muchas pruebas para saber cuál de los dos proyectiles era más eficaz. 

Más adelante introdujo el juego de dibujar mapas sobre la pared con la pistola de agua. Traza los ríos Panamá y Uruguay que convergen en el Plata. "Dice que le está empezando a interesar la geografía (tema que sin duda surge del deseo primario de conocer el cuerpo propio y de la madre) Pregunta qué es un delta y, después de dibujarlo en la convergencia de los ríos que ha hecho en la pared, lo toma como blanco para muchos chorros que tira con la pistola de agua. Se está volviendo más consciente su interés por el genital femenino y la excitación que le produce.

En un juego posterior, otro factor que le retiene de insistir en satisfacer su curiosidad, es la idea de que los contenidos de la mujer, en último término la madre excitada sexualmente, son sumamente peligrosos y que le pueden dañar si los descubre. Para expresar esto, emplea material realmente más peligroso, el fuego. Saca el calentador, que no se ha permitido tocar antes, llena una cacerolita de papel, fósforos, alcohol y arena, lo enciende y lo pone a calentar. Cuando empiezan a explotar los fósforos, se excita y tira contra la cacerolita con la pistola de agua. Todo esto va acompañado de angustia aguda.

Interpreta Betty: “Una imago materna demasiado severa lleva, entre otras cosas, a la inhibición del instinto epistemofílico. Las fantasías como expresión de intensos impulsos instintivos y emocionales constituyen un estímulo, a través de la curiosidad sexual en el niño hacia la exploración y el descubrimiento del mundo real y, por el contrario, si las fantasías constituyen un peligro, ya sea por motivos internos o externos, pueden convertirse en una fuerza inhibidora y hasta destructiva durante todo el desarrollo del Yo. Así, el punto de urgencia para la interpretación y la aclaración sexual amplia sólo apareció cuando su Superyó se había vuelto menos severo y cuando sentía menos prohibida la masturbación. Es interesante que se presentara en un tema del colegio, la geometría, ya que era en el colegio donde había recibido la prohibición de masturbación más reciente y directa y muy consciente en él.” 

Dibuja triángulos, rectángulos y círculos, y sobre todo, distintos tipos de líneas: rectas, curvas, quebradas, etc. Al hacer esto lleva su mano compulsivamente hacia sus genitales, sin llegar a tocarse. Betty le interpreta que le causa un conflicto la idea de que hay distintas clases de personas, hombres, mujeres, varones y niñas, y que existen diferencias entre ellos, como entre las líneas que los simbolizan. Reacciona con rabia, grita: “¡En qué lío me ha metido usted con esto de las líneas!”, pero enseguida insiste en aclarar cuáles son las diferencias. 

Tímidamente expresa sus fantasías y observaciones, por ejemplo, que ha visto que las yeguas y las vacas no orinan de la misma forma que los caballos y toros; que ha espiado a su abuela y tía abuela en el baño y pregunta si es cierto que orinan sentadas. Él creía que las mujeres tenían un genital igual que el suyo y no comprendía cómo podían orinar, si sus calzones no están abiertos abajo.

En gran parte había desplazado su curiosidad por el cuerpo de la mujer a la ropa interior femenina que tenía oportunidad de examinar a menudo en su casa. Le interesa sobre todo el genital femenino, ya que se puede dar cuenta cómo es el masculino al examinarse él mismo. Con angustia sugiere significativamente que la mejor forma de satisfacer su curiosidad sería ver una mujer desnuda. 

Esta fantasía le lleva a hacer un examen minucioso de la mano de Betty, acariciándola, abriendo y cerrando los dedos y metiendo un lapicero entre ellos; juego simbólico que le ocupa casi toda una sesión.

Con juegos como el balero y otros sustitutivos de la masturbación permitida, pero peligrosa, y para los que empleaba plomo y luego yeso, elabora sus fantasías angustiosas y miedos. 

Al levantar las represiones severas desarrolla afectos y se permite amar, presentando el cuadro de un niño en la fase edípica. 

La satisfacción de su amor en la transferencia, modifica su imago materna y Héctor reacciona con más afecto hacia la figura real de su madre, viéndola más cariñosa y tolerante. 

Levantar las prohibiciones en el análisis le permitió descargar las fantasías de masturbación en juegos y trabajo intelectual, anteriormente inhibidos, convirtiéndose en una fuente de enorme placer. 

 Héctor jamás había gozado de su infancia por lo reprimido que era. 

 El análisis le llevó a vivir una primera infancia para luego poder seguir con un desarrollo normal.


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Fuente: Garma, Ángel (1993) – “El Psicoanálisis. Teoría, clínica y técnica”. JULIÁN YEBENES, S. A.

(Caso presentado por Elena Jiménez Morales durante el curso “Clínica psicoanalítica en la infancia” celebrado en Madrid, el sábado 27-10-2007, en la (eepp) escuela española de psicoterapia y psicoanálisis).